Relato una pequeña historia de la cárcel. La publico en este blog para invitarlos a leer el blog “poesía desde la cárcel” y a sorprenderse con los poemas de los presos. Si quieren dejar un comentario, bienvenido. Yo lo imprimo y lo leo en clases para felicidad de los poetas.
LA EMBARRÓ LA PROFE
Hace frío, el gendarme de la puerta principal está agripado. Le toco la frente, tiene fiebre. Registro mi cartera y le doy un Tapsin en sobre para que lo tome calentito. Segundo control, dos gendarmes tosiendo. Ando con una tira de “Fasagrip” por si acaso. Cada ocho horas, no abusen..Tercer control, gomitas de eucaliptus, al gendarme le duele el pecho.
Comienza la clase, leemos "el barco ebrio" de Rimbau, y entre verso y verso, Víctor, el poeta de las "estreyas boladoras", se toma la cabeza a dos manos. Le pregunto "Víctor, ¿se siente mal?". Si, me duele la cabeza, señorita..."a mi también" comenta Osvaldo. No se preocupen señores, compártanse estos Migranoles.
A la semana siguiente me esperan el Cabo Norín y el Cabo Segovia. Están serios…
"Profesora, hubo un allanamiento y a dos internos se les encontraron unos Migranoles. Ellos la nombraron a Usted como la persona que se los proporcionó". Claro, ¡fui yo!... "Eso, para que usted sepa, está estrictamente prohibido!" Según el reglamento, sólo el médico o el paramédico pueden entregar medicamentos. Usted, por ejemplo, no sabía que no de ellos es hipertenso, y el Migranol está contraindicado" Los internos saben perfectamente que no pueden recibir medicamentos de nadie, así es que, como medida disciplinaria, ni Guajardo ni Villanueva vienen más al curso".
Algo pasó en mi disco duro, porque me puse a llorar como no he llorado en la vida. Sin poder parar, lloré y lloré y lloré y seguí llorando con tiritones y sollozos, mientras el cabo Norín corría al baño a buscar papel confort y el cabo Segovia me hablaba como un papá a su hija adolescente..."ya profe, tranquilita, si sabemos que no fue con mala intención" "Norín, tráele aguita con azúcar", ya sea buenita, ya...eso, tome aguita, qué van a decir sus alumnos si la ven así...ya puh profe, si no es su culpa, no llore más…”
Llegaron los alumnos. No más entrar se dieron cuenta que algo andaba mal. Las miradas fulminaron a Norín y Segovia, mientras yo echaba mano del poquito de cordura que me iba quedando. “Señores, no, tranquilos , es que yo la embarré y ahora ni Villanueva ni Guajardo pueden seguir en el curso…”. Los gendarmes dejaron la sala, y la profe empezó a llorar de nuevo, esta vez tomadita de la mano de Mario (el Fantasma) y con la cabeza apoyada en el hombro de Alejandro (el de la “banda de los Albornoz). Miguel Ángel, el fortachón de metro noventa, con su cara cruzada por una cicatriz y su condena a 30 años, me miraba lagrimeando y Manuel, choro reconocido, sentenciaba:¡en otra época a los delatores ….me agarró el pánico, ya ni me acordé que tenía pena…”¡¡por favor, ni una palabra más! Aquí no hay delatores, hay dos hombres que dijeron la verdad!!
Comenzó la clase, la profe con los ojos en capotera, la nariz de un payaso y un rollo de papel confort (duro como lija) sobre la mesa.
Han pasado ya varias semanas y no he vuelto a ver ni a Osvaldo ni a Víctor. No me atrevo a preguntar. Cada uno me mandó una carta. La de Osvaldo comienza con…”por si nunca más la vuelvo a ver” y Víctor me escribe en su idioma de niño: ” Señorita, igual que mi mamasita uste me cuidava y me queria como mi aguelita que yo le conte que perdio la vision y uste es durce como la miel igual que mi mamasita”.
Imagínense la pena que tengo.


Te pasaste
Ah, que notable; me emociono de puro leerte; desenchufé el computador y fui a leerselo a la Andrea que está enferma en cama; bonita obra está haciendo la Andrea me dice.
Te pasaste, que quieres que te diga; cuando te mueras te van a hacer una animita y los presos, gendarmes y tuticuanti te van llenar de plaquitas de pedidos.
Recibe un aplauso, un abrazo, no se.